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27 de enero de 2012

... LA PRINCESA Y EL ARTESANO DE SUEÑOS ...

Hace muchos, muchos años en un reino muy lejano vivía una joven princesa en la corte junto a su padre el Rey y su amada madre la Reina. Sobre la joven princesa caía una pesada carga, fruto de la herencia de muchas generaciones atrás. La tradición marcaba que la heredera al trono al llegar a la edad de los dieciséis años, de entre todos los nobles existentes dentro del reino se le otorgaba un marido, con el que se desposaría cinco años más tarde, al cual no podía elegir por ella misma… algo que… a esta, nuestra princesa del cuento no le hacía nada feliz.

Nuestra joven princesa mientras tanto disfrutaba de todas las ventajas y caprichos que le otorgaba aquella vida real, pero nunca olvidaba que pasados cinco años, en algún momento llegaría el fatídico día, y no había una sola noche que no soñara con tener alas y poder huir de aquel lugar.


Una buena mañana, cansada de la vida en la corte, decidió salir fuera de aquellos muros y comprobar con sus propios ojos que había más allá de los mismos. Cambio sus ropas por los de una de sus doncellas y nerviosa, eso sí, dirigió sus pasos más allá de las puertas de palacio. No sabía muy bien dónde dirigirse así que… lo que hizo fue seguir al resto de la gente, que no hacía más que caminar deprisa de un lado para otro, imaginaros que trajín, tanta gente, ruido, olores… todo nuevo para una princesa que salía por primera vez de la tranquila vida y verdes jardines de palacio.

Así, de este modo, llegó al mercado… y con todo aquel ajetreo recordó una historia que una de sus doncellas le relató un buen día, la cual decía que en aquel lugar había un joven artesano que tenía la habilidad de leer los sueños de la gente y convertirlos en algo real con sus propias manos… embriagada por la curiosidad de que tal muchacho pudiera existir y no fuera más que un cuento más, lo buscó por todos los rincones, hasta que al fin… bajo la lona de un pequeño puestecillo y rodeado de un gran número de personas, lo encontró.


Allí estaba él, forjando con sus propias manos un pequeño artilugio, fruto del sueño de un risueño niño que estaba a su lado contemplando aquella obra maestra. Lo que las doncellas no habían contado era que… aquel joven artesano no pedía ni una sola moneda por ninguna de sus obras, el decía que los sueños pertenecen a quién los tiene mientras duerme y que su trabajo era tan solo darlos forma y hacer lo posible por realizarlos.

El nunca despegaba sus ojos de lo que tenía entre las manos, y la verdad es que le ponía tanta pasión a todo que las gentes de aquel lugar ya lo pagaban con sus sonrisas y un buen apretón de manos o un abrazo. Desde el momento en que lo vio, la princesa clavó sus lindos ojos color miel en aquel muchacho, el… sin embargo seguía trabajando en un nuevo sueño pero… algo le hizo parar, alzar sus brillantes ojos y cruzar sus pupilas con aquella princesa. Fue un solo instante, pero para ellos parecieron años, el tiempo se paró y todo se hizo más lento.

Desde aquel día, cada sábado, la princesa cambiaba sus ropas por unas ajadas y sucias y volvía al mercado para pasar la mañana con aquel artesano de sueños. Pasaban las horas como si fueran minutos y al final de la misma, cuando ella se tenía que marchar parecía que el mundo se hacía pequeño.

Pasaron las semanas y lo que empezó siendo tan solo la mañana de los sábados, pronto se convirtió en paseos por el valle, escapadas bajo las estrellas, chapoteos en el río, risas, saltos, abrazos y caricias… y ocurrió lo que suele ocurrir… los dos, se enamoraron.


Pasaron momentos increíblemente felices, pero con el paso de los días, en el corazón de la princesa empezó a crecer el temor y el miedo de lo que en poco tiempo la esperaba, su enlace con aquel noble del cual intentaba huir. ¿Qué pensaría su padre el Rey, si se enterara de todo aquello?, ¿y su madre la Reina?... ¿Qué pensaría toda la corte de ella si faltara a la tradición?, tenía miedo a equivocarse, tomar un camino diferente y que no fuera el correcto... aquellos pensamientos aumentaron, y aunque cada instante junto a su humilde artesano era maravilloso y nunca deseaba que terminara y saliera el sol… poco a poco la noble princesa se fue alejando de él.

Aquel joven se sumió en la desesperación… no entendía que es lo que había cambiado y en poco tiempo cayó muy enfermo. Las personas más cercanas, decían que sufría la enfermedad del corazón roto, las fiebres y los dolores aumentaron con el paso de las horas.

Al muchacho nunca le faltaron manos que secaran el sudor de su frente y que le cogieran de la mano en las peores horas, pero… a veces, cuando despertaba por las noches en medio de sus delirios por las altas fiebres, solo miraba alrededor de la cama y preguntaba por su princesa, pero ella… nunca vino a verlo, ni mandó un mensajero que le diera noticias.

Los días pasaron y el artesano empezó a recuperar las fuerzas. La fiebre empezó a remitir y pasadas unas semanas volvió a su vida cotidiana. Pero todo el mundo pensaba lo mismo… aquellas fiebres habían cambiado la magia que aquel muchacho tenía en sus manos, ya no era capaz de leer los sueños y su tristeza lo llevó a cerrar su pequeño puesto en el mercado.

Poco después, llegó el día que la princesa no deseaba que llegara jamás… en pocas horas daría el paso que la llevaría a estar al lado de alguien que no la hacía sentir feliz, tan solo era lo correcto, pero no mágico ni lo que ella quería en su vida. Aquella noche, invadida por las lágrimas y decidida a cambiar el rumbo de las cosas, salió de sus aposentos corriendo en busca del Rey y de la Reina para contarles que no deseaba pasar su juventud al lado de aquel noble… que una vez, en el mercado conoció a un joven artesano de sueños que fue capaz leer lo que verdaderamente ella anhelaba, y que junto a él se sintió tan especial que pasó las mejores horas de su vida…


El Rey no demasiado contento con aquel relato de su hija, no hacía más que pensar en que podría hacer ahora, porque la tradición era la tradición y esta debía de cumplirse.

Su madre… en cambio sonrió dulcemente a su hija, la cogió por los hombros y la dijo:

-          ¡Hija mía!, en la vida… no es más importante elegir bien el sendero por el que vamos a caminar sino la persona con la que deseamos de verdad pasear de la mano… busca tu felicidad, y da igual cuantas barreras, muros o tradiciones haya que romper… busca a tu artesano y sueña junto a él. De tu padre, ¡Ya me encargo yo!

Y así fue, cogió el caballo más veloz de todos lo que había en el establo y sin detenerse un segundo cruzó los muros de palacio, corriendo hacia la casa del muchacho.

Cuando llegó, se apeó del caballo y sin perder un segundo llamó a la puerta, el joven nada más abrirla y verla cayó de rodillas delante de ella… - ¡Qué haces aquí!- preguntó. - ¡He venido a por ti, he venido a buscarte!, no quiero la vida que me espera en palacio…

-          Pero yo… no puedo ofrecerte nada de valor, soy pobre y muy humilde y tan solo puedo darte una caricia y un pedazo de este corazón.

-          Y… ¿Qué piensas que necesita una princesa para ser feliz…?

Es así que desde entonces, ella cambio su vida por aquel artesano de sueños, que lo único que hizo aquella mañana de sábado en el mercado fue… mirar a los ojos color miel de aquella  muchacha, leer lo que ella soñaba y anhelaba con todas sus fuerzas y regalarle unas alas para escapar de allí volando los dos juntos cogidos de la mano.


“La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”

Paulo Coelho (1947-?) Escritor brasileño.

9 de enero de 2012

... AMOR CIEGO ...

Érase una vez que se era, el mundo antes de que todos viviésemos nuestros sueños en nuestra camita, que existía un pequeño paraíso en el que vivían todas las virtudes y defectos que habitan en una persona.

Pero para ser un paraíso, se trataba de un lugar muy aburrido y nadie sabía que hacer para divertirse en aquella inmensidad de verdes parques con sus animalitos, sus fuentes de agua altas como pinos, sus graciosos puentecillos de madera vieja… En fin, aquello si era bonito ¿podéis imaginarlo?




Bien por donde iba, ¡ah sí!, era un lugar precioso pero muy aburrido hasta que una tarde de primavera la imaginación, que por algo lo es, se le ocurrió un juego en el que alguien buscaría a todos los demás:

                            ¿Qué os parece si jugamos al escondite?, ¡Seguro que lo pasamos genial!

A todas les pareció una idea maravillosa y se pusieron a dar saltos de alegría, por fin todas juntas iban a poder jugar y participar… Pero como ya sabéis, alguien tenía que buscar a todas las demás y esa, fue la locura, a la que todos ya conocemos.

Así que cerró los ojos, y comenzó a contar:

“Digo uno y ya es dos…
me dirás que cuento bien,
y abriré mis ojos
cuando llegue a cien”

Todas se fueron escondiendo, por aquí, por allá… ¿todas? No, el amor iba de un lado para otro sin encontrar un buen sitio, ya se sabe, el amor a veces es indeciso.

La locura, en tanto, seguía contando con sus ojitos tapados por sus manitas:

“¿Dónde llego, por noventa?
¡Qué digo, si es ochenta!
¡Ya se acerca el final,
y a mis hermanas he de encontrar!”

Pero el amor seguía sin elegir un lugar ideal para esconderse…

         ¡Noventa y ocho, noventa y nueve… y cien!,  ¡¡¡VOY!!!

Y al mismo tiempo que la locura abría los ojos, el amor, de un salto cayó detrás de un zarzal, y allí se quedó, bien escondido.

Mientras, empezó a buscar al resto de sus hermanas y nada más darse la vuelta, allí estaba la pereza, tumbadita y dormida a sus pies. Entre las nubes encontró al pensamiento, que siempre se encuentra subido en una de ellas, y muy cerquita de allí, halló a la inocencia, escondida detrás de sus manos, ¡Bendita inocencia!




Y así una tras otra fueron apareciendo las demás; la bondad, la mentira, el silencio…

Pero, ¿Sabéis quién no aparecía?, ¡Claro, el amor! Por más que lo buscaba no era capaz de encontrarlo, y el allí, metidito entre zarzas, ya sabéis… el amor a veces es complicado de encontrar entre tanta espina…

El tiempo pasaba así que todas se pusieron a buscarlo:

“¿Dónde está?
¿Dónde se esconde?
¡Lo más lindo que encontró,
la alegría de su corazón!”

Pero no decía nada, se reía. Así es, el amor muchas veces tarda en ser descubierto y cuando lo haces se ríe de uno mismo. Pero esta vez se estaba pasando, y sus hermanas empezaron a enfadarse:

¡Venga sal, queremos jugar a otra cosa!- Le gritaban todas.- ¡Sal de una vez!

Entonces la peor de todas las hermanas, la envidia, que es la peor de las consejeras, se acercó a la locura y le susurró al oído que se encontraba tras el arbusto.

Así que, ésta muy decidida para allá que fue convencida de sacar al amor de su escondrijo. Metió la mano y ¡Ay!, la pobre se había pinchado con un brote. Entre lágrimas, la muy loca, cogió una vara en su mano y empezó a pegar y agitar al zarzal…




De repente, ¡Ahhhhyyyyy!, una voz muy, muy fuerte hizo que todas dejaran de gritar y calladas miraran atemorizadas a través de las ramas.

Ninguna sabía que es lo que ocurría, y de allí, de entre todas las ramitas rotas, surgió el amor con sus ojos heridos. La locura, al meter la vara y agitar las zarzas había dejado sin querer sus ojos ciegos.

Todas se pusieron muy tristes, lloraban y lloraban, ¿Qué iba a ser de ellas sin amor?

¡No os preocupéis!-gritó la locura- ¡Desde ahora yo seré sus ojos!

Y es así, que desde aquella tarde de primavera hasta nuestros días:

“El amor es ciego y la locura, sus ojos”





“Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal”

Madre Teresa de Calcuta (1910-1997) Misionera de origen Albanés

8 de enero de 2012

... EL PEREGRINO ...

          Hace muchos años, un peregrino que caminaba recorriendo el mundo con el simple y humilde objetivo de conocer este mudo en el cual vivimos y las gentes que en el habitamos, llegó a una pequeña aldea situada en la falta de una montaña, tan pequeña era que entre la niebla apenas se podían distinguir el humo de las chimeneas…



       El hombre con tan solo un pequeño zurrón, su bastón y su larga barba gris… cansado de andar toda la jornada decidió pasar la noche en aquel lugar, si alguien de aquella pequeña aldea lo acogía, pues… aquel hombre no tenía más que las manos vacías, es decir… nada que ofrecer salvo… mil historias que poder relatar al calor de un buen fuego y una taza de un sabroso caldo…


       Mientras bebía agua de una pequeña y fresca fuente, un lozano niño se acercó corriendo hasta el, atraído supongo por… la constante curiosidad que acopia a los pequeños… allí se le quedó mirando, de pie… a dos metros con sus rosados carrillos y la boca medio abierta, sin mediar una sola palabra…


       El hombre le sonrío, se acercó lentamente hasta él y bajando hasta su altura le puso su mano en la cabeza… con una voz muy suave le preguntó su nombre… el niño abrió la boca mostrando entonces su sonrisa, lo cogió de la mano y tirando de él se lo llevó hasta casa…


         Basta imaginar la cara de sorpresa de la madre cuando vio aparecer al niño con un hombre  venido de tan lejos colgado de una de sus manos, mientras el niño tiraba de él hasta la cocina… aquella noche toda la familia permaneció con la boca abierta y el oído despierto a cuanta fábula relataba aquel hombre con su frágil tono de voz, a la luz y el calor de un buen fuego y… una taza de un buen caldo…



A la mañana siguiente, cuando muy temprano despertó, aquel hombre muy agradecido a toda la familia por la maravillosa velada… se despidió, no sin antes acercarse al niño y hacerle entrega de un grandísimo tesoro… una gran concha traída de mares muy lejanos, y enseñarle que… aunque lejos de allí, si colocaba su pequeña oreja junto a ella podría escuchar las olas mecerse en la orilla… y si cerraba los ojos podía soñar con aquellos maravillosos lugares…

El hombre, antes de marcharse de aquella aldea, decidió pasarse por su cementerio, pues pensaba que la grandeza de un pueblo y sus gentes también se mide por el trato que le dan a sus seres queridos cuando estos abandonan la vida…

Al llegar a la puerta, empujó la misma y paso hacia el interior… comenzó a leer los lugares donde descansaban y… cual fue su sorpresa…  “Juan Nieto, tres años y dos meses”, “Rubén Gallegos, cinco años, tres meses y dos días”… continuó leyendo… “Rita Alonso, un año y nueve meses”, “Gonzalo González, ocho meses”…

El hombre frunció el ceño de sorpresa y mientras se rascaba su barba gris… se preguntaba qué habría pasado en aquella aldea, en la que tan solo había sitio para los niños… entonces decidió adentrarse más para ver si las personas de más edad se encontraban al final del mismo… pero… “Sara Escudero, tres años y once meses”, “Julio Garrido, ocho años, un mes y dos días”…

Aquel hombre, muy triste y con la cabeza baja decidió abandonar aquel lugar… no entendía que podía haber pasado en aquella pequeña aldea pero, fuera lo que fuera había sido una gran tragedia…

Justo en el momento de cruzar la puerta, una señora muy avanzada en años se dirigía al interior portando un ramo de rosas… el hombre supuso que sería para alguno de los niños así que, cortés y muy amablemente le preguntó a aquella anciana que es lo que había pasado allí… ¿por qué solo había niños y niñas…?


       
La buena señora… sonrió al humilde peregrino y le dijo: “Mire usted buen hombre… no son niños solo los que aquí duerme… en esta aldea cuando alguien nos deja… en su lugar de descanso eterno no grabamos el día en que nació y la fecha en la que murió… si no que escribimos los años, meses y días en los cuales disfruto de la felicidad junto a las personas que lo querían… ya que aquí, pensamos que este tiempo es el único en el que realmente se disfruta de la vida”.

Esa buena mañana aquel hombre que había recorrido todo el mundo aprendió la que sería sin duda la mejor de las lecciones que le habían regalado… y cuando escuchó esta historia el que entendió lo que realmente es importante en la vida… fui yo… intentar ser feliz cada instante de cada día para que al final de la misma acumule tantos momentos que no me quepan en el corazón…

Y así tiene que ser… gracias Juan Nieto por esta historia… aquella noche, a luz y el calor de un fuego… con la mejor compañía que se pueda desear y… en las manos…una sabrosa taza de caldo…



8 de noviembre de 2011

... LA ÚLTIMA CARTA ...

Mi nombre es Sara, tengo dieciséis años y vivo en este barrio desde hace menos de dos años. Mi infancia no ha sido nada fácil, cuando era  muy pequeña mi madre murió y mi padre tuvo que hacerse cargo de mi y… claro… de su trabajo. Siempre he estado viajando de un lado para otro,  nunca he estado demasiado tiempo en el mismo lugar, y por supuesto… me es muy difícil hacer amigas, creo que guardo buen recuerdo tan solo de una de ellas, Rebeca. Esta vez no iba a ser nada distinta, desde el momento en que llegué a este lugar todos me miraron como… “un bicho raro”, en fin… ellos se lo pierden. Yo me defino como una persona especial, aventurera y alguien que apenas siente temor por nada, después de perder una madre y vivir de aquí para allá todo el tiempo, no es difícil de entender. Pero creo que esto último siempre me ha dado más problemas de los deseados, sobre todo entre los chicos, eso de que una chica pueda tener más valor que ellos, no lo ven con muy buenos ojos…


                                     

El caso es que un buen día llego a mis oídos una leyenda… al final de la calle, cruzando el puentecillo de madera existe una casa muy antigua, tan antigua que nadie recuerda cuanto tiempo lleva allí. Es una casa abandonada… la gente mayor cuenta que antes era una casa llena de vida, repleta de alegría…niños correteando por los jardines, grandes meriendas, cenas románticas, vamos…un lugar de grandes y buenas experiencias. La historia continua, pero el rostro de los ancianos se torna serio y su tono de voz comienza a temblar cuando hablan de una gran tragedia… al parecer una noche oscura, durante una terrible tormenta un rayo cayó en la casa y provocó un gran incendio, desgraciadamente…las personas que vivían dentro no lograron salir. Dicen que desde entonces sus almas vagan por la casa, que algunas noches se les oye reír e incluso a veces corretear por el verde campo, ya alto hasta las rodillas de no cortarlo.

Claro, estas historias sólo son historias de viejos, historias para que los más jóvenes no entremos en la casa y les dejemos vivir en paz, supongo…que no quieren  más problemas en el barrio.

Pero a los jóvenes nos gusta ir en contra de lo que la norma dicta, y por supuesto… uno de los juegos favoritos de todos  era… ver quién de era capaz de llegar más lejos allá dentro. Digo de todos porque hasta el momento tan sólo se trataba de un juego de chicos, mientras que las chicas tan sólo murmuraban entre ellas quién era el más valiente y… también el más guapo, ¡serán estúpidas!

                                 

Hasta el momento el record, por decirlo de alguna forma, lo tenía un chico llamado Miky Rubio, había sido capaz de cruzar el jardín, llegar hasta la puerta, entre abrirla y echar un vistazo al interior, después salió corriendo  tan rápido como pudo y gritando tan alto como le permitió su garganta, todos corrieron a abrazarle y a darle palmaditas en la espalda, yo… no pude parar de reír al ver su cara, era de película de terror total.

Yo… intenté entrar una vez pero todos los chicos me dijeron que “esto no es un juego para chicas”, ó… “tu no vales para entrar allí, no eres tan valiente”, pero si… apenas me conocían, ¿Qué sabían ellos de lo que yo era capaz de hacer?, no tenían ni idea de mi vida, tan solo era… “un bicho raro” como dije antes. Ni siquiera las chicas me apoyaban, al contrario, me daban la espalda y no querían saber nada de mí, y mentiría si dijera que no me alegraba de ello.

Pero estaba decidida a demostrar de lo que era capaz. Lo tenía todo pensado, era un plan perfecto que no podía fallar… la primera noche de este mes era una noche especial, se trataba de la noche de todos los santos, la noche de brujas perfecta… esa noche cogería mi cámara de fotos y a escondidas saldría de casa, cruzaría la calle entera, el puentecillo de madera y me pondría justo delante de la verja de la casa… cruzaría la cerca, el jardín, tomaría el pomo de la puerta, lo giraría, y entraría… ya dentro subiría hasta el segundo piso, recorrería todas sus habitaciones descubriendo cada uno de sus secretos, para que vean…  que no hay ningún fantasma. Después haría unas fotos para probar mi visita y por ultimo me llevaría un  recuerdo, algo de la casa que llamara la atención de los demás…  y sin más, bajaría hasta la entrada y me iría.

Como ya he dicho, era un plan perfecto, lo tenía todo preparado. Llegó el momento… no voy a mentir, mi corazón latía a mil por hora, pero la sensación cesó cuando me puse en camino. Cruce la calle y llegué al puentecillo, desde allí uno podía imaginar la silueta de la casa perfectamente, esta noche, entre las sombras parecía más vieja aún, pero lejos de asustarme me maravilló su eterna belleza. Por un momento pude sentir de nuevo en mi pecho los latidos, PUM-PUM PUM-PUM,  el murmullo del agua que corría por debajo del puente lograba mantener mi calma mientras me acercaba a la entrada de la casa, mi cabeza estaba a punto de estallar, cuando me quise dar cuenta hasta las piernas me temblaban, al decir verdad… me chirriaban hasta los dientes, no era una noche muy fría… supongo… supongo que estaba asustada.

Colocada en frente de la cerca, toda la casa parecía mucho más grande, hasta entonces nadie había intentado entrar por la noche, esta era la primera vez que alguien lo hacía, estaba nerviosa y a la vez, excitada, yo… era la primera.


                                 

Titubeando, encaminé mis primeros pasos hacia el interior del jardín, soplaba el viento y este hacía que un pequeño columpio en forma de barquita se balanceara. No quise mirar más a mí alrededor y de este modo logre llegar hasta la puerta. Alargué mi brazo, el tiempo que tarde en llegar hasta el pomo y rodearlo con mis dedos  se hizo eterno, “ya está” me dije, giré la manilla y empujé la puerta…

Apenas hizo ruido, ni un solo chirrido después de tantísimo tiempo sin abrirse. Dentro… una inmensa oscuridad, apenas lograba distinguir una sola forma, ni una sombra. Mi cuerpo empezaba a relajarse, lo peor ya había pasado, o eso creía yo al menos. Encendí mi linterna. Suavemente la dirigí de un lado a otro, así pude adivinar que me encontraba en una gran sala, cuatro grandes columnas subían hasta el infinito formando espirales, el suelo, de grandes baldosas blancas se mantenía intacto aunque lleno de polvo y sobres antiguos, al fondo… una gran escalera subía hasta el siguiente nivel, allí se habría en dos, cada una de ellas hacía alas diferentes de la casa. Llamó muchísimo mi atención la forma en que estaba rematada la escalera, se conservaba en perfecto estado, los barrotes de hierro, pintados de negro y acabados con motivos de animales, la baranda de cobre pulido reflejaba mi rostro…


                              

No lo dude, poseída por una fuerza extraña, maravillada de tanta belleza comencé a subir los escalones de roble,  al principio muy despacio, no confiaba en la solidez de los mismos, pero cada paso que daba parecía llevarme al más allá, al infinito y poco a poco perdí el miedo, deje de sentir ese terror que invadía toda mi alma y me deje llevar pasillo por pasillo, habitación tras habitación, una estancia tras otra, me hice reina de la casa y ya no sentía nada, no podía creerlo...


Allá, al fondo, al final del pasillo…una puerta cerrada.

Me quedé inmóvil  mirando fijamente la puerta blanca, por la rendija de abajo se dejaba ver una tenue luz blanca. El miedo invadió de nuevo mi cuerpo, esta vez no sabía si sentía terror, impaciencia o curiosidad por saber de qué se trataba. Llegué hasta ella no sin tropezar dos veces, fue cuando me di cuenta de que me temblaban las piernas. Tomé la manilla con fuerza con las dos manos, tiré hacia abajo y conseguí abrirla…


                                     

No era más que una habitación pequeña, y la luz de la luna llena entraba por la ventana de forma muy intensa, tuve que cubrir mis ojos con el brazo para no hacerme daño. Cuando me acostumbre a tanta luz di una vuelta por la habitación, llevaba años abandonada, toda la casa estaba arrasada por el fuego pero… aquella habitación estaba intacta, no sabía porque pero era especial, como yo.

Entonces fue cuando… encima de una pequeña mesita pude encontrar una foto en blanco y negro, una foto donde aparecía toda una familia, adultos, niños, ancianos… todos ellos parecían mirarme fijamente a los ojos, entonces aterrorizada  solté la foto, creo que… por miedo y en ese momento la puerta se cerró dando un fuerte portazo… me acerqué a la puerta y tomé el pomo…


Como decía al principio… mi nombre es Sara, tengo dieciséis años, mi padre estará preocupado y estoy asustada, llevo tres días encerrada en esta casa y esta carta es lo único que he podido pasar por debajo de la puerta, por favor si lees esta carta…

¡AYÚDAME!